Alberto Savarus y otras historias

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—¡Que Dios les bendiga! —dijo el aposentador al albañil cuando estuvieron en el pórtico de la iglesia—. Nunca dos criaturas estuvieron mejor hechas la una para la otra. Los padres de esa muchacha son unos locos. No conozco soldado más valiente que el coronel Luis. Si todo el mundo se hubiera portado como él, el otro permanecería aún en su sitio.

La bendición del soldado, la única que aquel día se les dio, se esparció como un bálsamo en el corazón de Ginevra.

Separáronse estrechándose la mano, y Luis le dio cordialmente las gracias.

—Adiós, valiente —dijo Luis al aposentador—; te doy las gracias por todo.

—Estoy a vuestra entera disposición, mi coronel. Mi persona, mis caballos y mis coches, todo cuanto hay en mi casa os pertenece.

—¡Cuánto te ama! —dijo Ginevra.

Luigi llevó de prisa a su mujer a la casa en que habían de habitar; pronto llegaron a su modesto apartamento; y allí, cuando la puerta estuvo cerrada, Luis estrechó a su esposa en sus brazos exclamando:

—¡Oh, Ginevra mía!, porque ahora ya eres mía; aquí celebraremos nuestra fiesta. Aquí —añadió— todo nos sonreirá.


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