Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias Mientras se desarrollaba esta escena, Bartolomeo y su mujer hallábanse sentados junto a la chimenea, cuyos tizones apenas bastaban a calentar el inmenso salón del hotel. El reloj señalaba las doce de la noche. Desde hacía algún tiempo la anciana pareja había perdido el sueño. En aquel momento permanecían silenciosos como dos ancianos que se han vuelto niños y todo lo miran sin ver nada. Su salón, desierto, pero lleno de recuerdos para ellos, estaba débilmente iluminado por una sola lámpara a punto de apagarse. Sin las llamas crepitantes de la chimenea habrían estado en una completa oscuridad. Uno de sus amigos acababa de abandonarles, y la silla en la que había estado sentado durante su visita se encontraba entre los dos corsos. Piombo había lanzado ya más de una mirada a aquella silla, y sus miradas preñadas de ideas sucedíanse como remordimientos porque la silla vacía era la de Ginevra. Elisa Piombo espiaba las expresiones que se sucedían en el blanco rostro de su marido. Aun cuando estuviera acostumbrada a adivinar los sentimientos del corso según las cambiantes revoluciones de sus rasgos, eran éstos sucesivamente tan amenazadores y melancólicos, que ella no podía leer ya en aquella alma incomprensible.