Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias ¿Acaso sucumbía Bartolomeo a los poderosos recuerdos que aquella silla suscitaba? ¿Estaba pensando en el hecho de que acababa de servir por primera vez para un extraño desde que su hija se había marchado? ¿Había sonado la hora de clemencia, aquella hora tan infructuosamente esperada hasta entonces?
Estas reflexiones agitaron sucesivamente el corazón de Elisa Piombo. Durante un instante las facciones de su marido adquirieron una expresión tan terrible, que ella se estremeció por haberse atrevido a emplear un ardid tan sencillo para poder hablar de Ginevra. En aquel momento el viento hizo caer con tanta violencia los copos de nieve sobre las persianas, que los dos ancianos pudieron oír su ligero crujido. La madre de Ginevra bajó la cabeza para que su marido no advirtiera sus lágrimas. De pronto, un suspiro se escapó del pecho del anciano. Su mujer le miró; estaba abatido; entonces, por segunda vez desde hacía tres años, ella se atrevió a hablarle de su hija.
—¡Si Ginevra estuviera pasando frío! —exclamó Piombo—. ¡Oh, hija mía querida!, tú has vencido.
La madre se levantó como para ir en busca de su hija. En aquel momento la puerta se abrió con estrépito y un hombre cuyo rostro no tenía ya apenas nada de humano surgió de pronto ante ellos.