Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias —Señor mÃo —le dijo el señor Bourbonne acomodándose en un sillón—, ¿desde cuándo se rÃen de los tÃos que poseen veintiséis mil libras de renta en excelentes tierras de Turena, cuando se es su único heredero? ¿Sabéis que en otros tiempos nosotros respetábamos a esos parientes? Veamos, ¿tienes que hacerme algunos reproches? ¿Te he negado el dinero? ¿Te he dado con la puerta en las narices pretendiendo que venÃas a ver cómo estaba de salud? ¿No tienes acaso el tÃo más cómodo, el menos despótico que hay en Francia? Y no digo Europa, porque serÃa excesiva pretensión. Tú me escribes o no me escribes; yo vivo a base del afecto jurado, y te arreglo las más bellas tierras del paÃs, unos bienes que son la envidia de todo el departamento; sin embargo, no quiero dejártelas hasta lo más tarde posible. Esta veleidad ¿no es excesivamente excusable? ¡Y el señor vende sus bienes, se aloja como un lacayo y ya no tiene criados ni nada!…
—TÃo…
—No se trata del tÃo, sino del sobrino. Tengo derecho a tu confianza: asÃ, confiésate sin dilación; es más fácil, lo sé por experiencia. ¿Has jugado, has perdido en la Bolsa? Vamos, dÃmelo: «¡TÃo, soy un miserable!», y en seguida te abrazo. Pero si me dices una mentira mayor que las que yo decÃa a tu edad, vendo mis tierras, las pongo en vitalicio y vuelvo a mis malas costumbres de la juventud, si es que aún es posible.