Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias —TÃo…
—He visto a tu señora Firmiani —dijo el tÃo besando la punta de sus dedos unidos formando un haz—. Es encantadora —añadió—. Tienes la aprobación y el privilegio del rey, y la aprobación de tu tÃo, si es que esto puede agradarte. En cuanto a la sanción de la Iglesia, es inútil, me parece; los sacramentos son sin duda demasiado caros. Vamos, habla, ¿te has arruinado por ella?
—SÃ, tÃo.
—¡Ah, la bribona! HabrÃa yo apostado que era asÃ. En mis tiempos las mujeres de la corte eran más hábiles en arrumar a un hombre que vuestras cortesanas de hoy. Reconocà en ella al siglo pasado rejuvenecido.
—TÃo —repuso Octavio con un aire a la vez triste y amable—, os equivocáis: la señora Firmiani merece vuestra estima y todas las adoraciones de sus admiradores.
—La pobre juventud será siempre la misma —dijo el señor de Bourbonne—. Vamos, déjate de viejas historias. Sin embargo, debes saber que no soy un novato en asuntos de galanterÃa.
—Mi buen tÃo, aquà tenéis una carta que os lo dirá todo —respondió Octavio sacando una elegante cartera que sin duda le habÃa dado ella—; cuando la hayáis leÃdo terminaré de informaros, y conoceréis a una señora Firmiani que el mundo no conoce.