Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias —¡Oh, hijo mĂo!, tienes el alma de tu madre —dijo el anciano conteniendo a duras penas las lágrimas que humedecĂan sus ojos al pensar en su hermana.
En aquel momento, a pesar de la distancia que habĂa entre el suelo y el apartamento de Octavio de Camps, el joven y su tĂo oyeron el ruido producido por la llegada de un carruaje.
—¡Es ella! —dijo—; ¡reconozco sus caballos por el modo de pararse!
En efecto, la señora Firmiani no tardó en aparecer.
—¡Ah! —dijo con un gesto de despecho al ver al señor de Bourbonne—. Pero, despuĂ©s de todo, nuestro tĂo no está de más —añadiĂł con una sonrisa—. Solamente querĂa arrodillarme ante mi esposo humildemente suplicándole que aceptase mi fortuna. La Embajada de Austria acaba de enviarme un acta que certifica el fallecimiento del señor Firmiani. El documento, redactado gracias al interĂ©s del internuncio de Austria en Constantinopla, está en regla, y el testamento que guardaba el ayuda de cámara para entregármelo va adjunto. Octavio, podĂ©is aceptarlo todo. Vamos, eres más rico que yo; tĂş tienes ahà —dijo poniendo la mano sobre el corazĂłn de su marido— unos tesoros que sĂłlo Dios podrĂa aumentar.
Luego, no pudiendo aguantar su felicidad, escondiĂł la cabeza en el pecho de Octavio.