Alberto Savarus y otras historias

Alberto Savarus y otras historias

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—Tío, conozco vuestras venganzas, pero dejad que me enriquezca por mi propia industria. Si queréis hacerme un favor, concédeme tan sólo una pensión de mil escudos hasta que tenga necesidad de capitales para alguna empresa. Mirad, en este momento soy tan feliz, que mi único negocio consiste en vivir. Doy lecciones para no ser una carga para nadie. ¡Ah, si supierais con qué gusto he efectuado mi restitución! Después de hacer algunas gestiones he acabado por encontrar a los Bourgneuf, desgraciados y privados de todo. Esta familia estaba en Saint-Germain, en una casa miserable. El anciano padre regentaba una oficina de lotería, sus dos hijas cuidaban de la casa. La madre estaba casi siempre enferma. Las dos hijas son encantadoras, pero han aprendido duramente el poco valor que el mundo concede a la belleza desprovista de fortuna. ¡Qué cuadro fui a buscar allí! Si entré en la casa como cómplice de un crimen, salí de ella convertido en hombre honrado y lavé la memoria de mi padre. ¡Oh!, tío, yo no le juzgo; hay en los pleitos un entusiasmo, una pasión que a veces pueden ofuscar al hombre más honrado del mundo. Los abogados saben legitimar las pretensiones más absurdas, las leyes tienen silogismos que complacen a los errores de la conciencia, y los jueces tienen derecho a equivocarse. Mi aventura fue un verdadero drama. Haber sido la Providencia, haber realizado uno de esos deseos inútiles; «Si nos cayeran del cielo veinte mil libras de renta!», este deseo que todos concebimos riendo; hacer que a una mirada llena de imprecaciones suceda una mirada sublime de gratitud, de asombro, de admiración; arrojar la opulencia en medio de una familia reunida por la noche a la luz de una mala lámpara, ante un fuego de turba… No, la palabra se halla por encima de semejante escena. Mi extremada justicia les parecía injusta. En fin, si hay un paraíso, mi padre debe encontrarse en él ahora. En cuanto a mí, soy amado cual ningún hombre lo ha sido jamás. La señora Firmiani me ha dado más que felicidad, me ha dotado de una delicadeza de la que yo quizá carecía. Por ello le doy el nombre de mi querida conciencia, una de esas frases de amor que responden a ciertas armonías secretas del corazón. La honradez reporta provecho; tengo la esperanza de llegar pronto a ser rico por mí mismo; en este momento trato de resolver un problema de industria y, si lo consigo, ganaré millones.


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