Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias —No os burléis de ella, tío. Su posición la obliga a reparar en sus gastos. Su marido partió en 1820 para Grecia, donde murió al cabo de tres años; hasta hoy ha sido imposible tener la prueba legal de su muerte y de procurarse el testamento que tuvo que hacer en favor de su mujer, documento importante que fue robado, perdido o extraviado en un país en el que las actas del estado civil no se guardan como en Francia y en el que no hay cónsul. Ignorando si un día se verá obligada a contar con herederos malévolos, se ha visto constreñida a guardar un orden extraordinario, porque quiere poder abandonar su opulencia de la misma manera que Chateaubriand acaba de abandonar el ministerio. Ahora bien, yo quiero adquirir una fortuna que sea mía, con objeto de devolver su opulencia a mi mujer si quedara ella arruinada.
—¿Y no me dijiste eso, y no acudiste a mí?… ¡Oh, sobrino mío!, piensa, pues, que te amo lo suficiente como para pagarte buenas deudas, deudas de gentilhombre. Soy un tío radical, y me vengaré.