Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias —Querido tÃo, soy vuestro sobrino: ¿no equivale ello a decir, en pocas palabras, que habÃa comido un poco del capital dejado por mi padre? Después de haber leÃdo esta carta se ha producido en mà toda una revolución, y he pagado en un momento los atrasos de mis remordimientos. Nunca podré describiros el estado de ánimo en que me encontraba. Al conducir mi cabriolé al Bosque de Bolonia, una voz me gritaba: «¿Ese caballo es tuyo?». Al comer, yo me decÃa. «¿No es esto una comida robada?». Yo sentÃa vergüenza de mà mismo. Cuanto más joven era mi honradez, tanto más ardiente se mostraba. Al principio corrà a casa de la señora Firmiani. ¡Oh, Dios! Aquel dÃa, tÃo, sentà una gran satisfacción, placeres del alma que valen millones. Hice con ella la cuenta de lo que debÃa a la familia Bourgneuf y me condené a mà mismo a pagar el tres por ciento de interés, contra el parecer de la señora Firmiani, pero toda mi fortuna no bastaba para saldar la cuenta. Entonces éramos el uno y el otro lo suficientemente amantes, lo suficientemente esposos, ella para ofrecer, yo para aceptar sus economÃas…
—¡Cómo! ¿Además de sus virtudes hace economÃas esa mujer adorable? —exclamó el tÃo.