Alberto Savarus y otras historias

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Por su ofrenda periódica, Paz constituyó para Margarita Turquet una renta de trescientos veinte francos mensuales. Esta suma, unida al escaso dinero que cobraba en el circo, hacía que la artista pudiera vivir espléndidamente si se compara su actual existencia con la miseria pasada. Por el circo corrieron los más peregrinos rumores acerca de la felicidad de Málaga. La vanidad de la circense permitió que se elevara, según la gente, a sesenta mil francos los seis francos que su apartamento costaba al capitán. Según los payasos y los comparsas, Málaga comía en vajilla de plata. Por otra parte, acudía al circo con encantadores albornoces, cachemiras, deliciosas echarpes. En fin, el polaco era la clase de hombre que mejor podía haber encontrado la artista ecuestre: no era impertinente, ni celoso, y dejaba a Málaga gozar de toda su libertad.

Málaga llevaba lindos sombreros, iba en coche al Bosque de Bolonia, donde los jóvenes elegantes empezaban a fijarse en ella. En fin, comenzose a hablar de Málaga en el mundo equívoco de las mujeres galantes y se la atacaba con calumnias. Decían que era una sonámbula y el polaco pasaba por ser un magnetizador que buscaba la piedra filosofal. Algunas palabras más venenosas que éstas hicieron a Málaga más curiosa que Psiquis, y fue llorando a contárselo todo a Paz.


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