Alberto Savarus y otras historias
Alberto Savarus y otras historias Un dÃa en que las más locas ideas fermentaban en la mente de Málaga, cuando Paz puso sus monedas de oro encima de la repisa de la chimenea, la joven las cogió y se las arrojó a la cara diciéndole:
—Yo no quiero dinero robado.
El capitán dio el oro a los Chapuzot y no volvió más a la casa. Clementina pasaba entonces una temporada en las tierras de su tÃo, el marqués de Ronquerolles, en Borgoña. Cuando la compañÃa del circo ya no vio más a Tadeo, circuló cierto rumor entre los artistas. Algunos consideraron el gusto de Málaga como una estupidez, otros dijeron que indicaba una gran nobleza de alma. La conducta del polaco, explicada a las mujeres más hábiles, pareció inexplicable. Tadeo recibió en una sola semana treinta y siete cartas de mujeres ligeras. Afortunadamente para él, su asombrosa reserva no suscitó curiosidad en la buena sociedad y sólo siguió siendo objeto de habladurÃas entre la gente de vida equÃvoca.
Dos meses después, la bella artista ecuestre, cargada de deudas, escribió al conde Paz la siguiente carta que los dandys han considerado en su tiempo como una obra maestra:
»Vos, a quien aún me atrevo a llamar mi amigo, ¿tendréis compasión de mà después de lo sucedido y que interpretasteis tan mal?