Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Se alzó sobre sus pies, y echó a andar por la habitación con un paso alternativamente lento y precipitado; después hizo un gesto de mando y despidió a su gente, con excepción del sacerdote.
Al día siguiente por la mañana, el duque, apoyado en su viejo escudero, iba por el arenal adelante, a través de los acantilados, buscando al hijo al que antaño había maldecido; lo atisbó de lejos, agazapado en una grieta de granito, indolentemente tendido al sol, con la cabeza reclinada en una mata de hierbas finas, los pies graciosamente recogidos debajo del cuerpo. Étienne parecía una golondrina en reposo. No bien se mostró el corpulento anciano en la orilla del mar, y el ruido de sus pasos ensordecido por la arena resonó débilmente mezclándose a la voz de las olas, Étienne volvió la cabeza, lanzó un grito de pájaro sorprendido y desapareció en el propio granito, como un ratón que se mete tan presto en su agujero que uno acaba por dudar de haberlo visto[150].
—¡Eh! Testa divina de reliquias llena, pero ¿dónde se ha metido? —exclamó el señor al llegar a la roca encima de la cual estaba acuclillado su hijo.
—Está ahí —dijo Bertrand señalando una estrecha hendidura cuyos bordes habían sido pulidos, desgastados por la reiterada embestida de las mareas altas.
—¡Étienne, mi hijo amadísimo! —exclamó el anciano.