Cuentos filosoficos

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Por muy aterradora que fuese la expresión de la desesperación pintada en el rostro del duque de Hérouville, el saludador no pudo evitar sonreír. En aquel momento, un canto fresco como el aire del atardecer, tan puro como el cielo, simple, tanto como el color del océano, dominó el murmullo del mar y se alzó para hechizar a la naturaleza. La melancolía de aquella voz y la melodía de las palabras esparcieron por el alma un a modo de perfume. La armonía subía por nubes, llenaba los aires, derramaba bálsamo sobre toda clase de dolores, o más bien los consolaba al expresarlos. La voz se unía al rumor de las aguas con perfección tan particular que parecía salir del seno de las olas. Ese canto fue más dulce para aquellos ancianos de cuanto lo habría sido la más tierna palabra de amor para una muchacha, aportaba tantas esperanzas religiosas que resonó en el corazón como una voz procedente del cielo.

—¿Qué es eso? —preguntó el duque.

—El pequeño ruiseñor está cantando —dijo Bertrand—, no todo se ha perdido, ni para él, ni para vos.

—¿A qué le llamáis un ruiseñor?

—Es el nombre que le hemos dado al hijo primogénito del señor —contestó Bernard.

—Mi hijo —exclamó el anciano—. De modo que tengo un hijo; por fin algo que lleva mi apellido y puede perpetuarlo.


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