Cuentos filosoficos

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—Madre querida —añadió Étienne—, tú que estás en los cielos, obtén de la Virgen que si no podemos ser felices, Gabrielle y yo, por lo menos muramos juntos, sin sufrir. ¡Llámanos, iremos a ti!

Después, tras haber recitado los dos sus oraciones de la noche, Gabrielle contó su entrevista con el barón de Artagnon.

—Gabrielle —dijo el joven sacando valor de su desesperación de amor—, yo sabré resistirle a mi padre.

La besó en la frente y no ya en los labios; después volvió al castillo, resuelto a afrontar a aquel hombre terrible que tanto peso tenía sobre su vida. No sabía que la casa de Gabrielle iba a ser custodiada por soldados no bien la hubiese abandonado él.

Al día siguiente, Étienne quedó abrumado de dolor cuando, al ir a ver a Gabrielle, la halló prisionera; pero Gabrielle envió a su nodriza para decirle que antes moriría que traicionarle; que además había hallado modo de engañar la vigilancia de los guardias, y que se refugiaría en la biblioteca del cardenal, en donde nadie podría sospechar que estuviera; pero ignoraba cuándo podría realizar su propósito. Étienne, entonces, se estuvo en su habitación, en donde las fuerzas de su corazón se desgastaron en penosa espera.


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