Cuentos filosoficos

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A las tres entraron la impedimenta del duque y su séquito en el castillo, adonde había de venir a cenar con su compañía. En efecto, al caer del día, la señora condesa de Grandlieu, a quien daba el brazo su hija, el duque y la marquesa de Noirmoutier subían la gran escalinata entre un profundo silencio, pues el severo ceño de su amo había espantado a todos los sirvientes. Aunque el barón de Artagnon se había enterado de la evasión de Gabrielle, había afirmado que estaba custodiada; pero temblaba por haber comprometido el éxito de su plan particular, en el caso en que el duque viese su designio contrariado por aquella fuga. Aquellos dos terribles rostros tenían una expresión arisca mal disfrazada por el aire agradable que les imponía la galantería. El duque había ordenado a su hijo que se hallase en el salón. Cuando entró en él la compañía, el barón de Artagnon reconoció en la abatida fisonomía de Étienne que la evasión de Gabrielle le era desconocida aún.

—Este es mi señor hijo —dijo el viejo duque tomando a Étienne de la mano y presentándoselo a las damas.

Étienne las saludó sin decir palabra. La condesa y la Srta. de Grandlieu intercambiaron una mirada que en absoluto se le escapó al anciano.

—Vuestra hija estará mal empleada —dijo en voz baja—, ¿no es ese vuestro pensamiento?


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