Cuentos filosoficos

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—Pienso todo lo contrario, mi querido duque —contestó la madre sonriendo.

La marquesa de Noirmoutier, que acompañaba a su hermana, se echó a reír finamente. Aquella risa taladró el corazón de Étienne, a quien la vista de aquella alta señorita ya había aterrado.

Bien, señor duque —le dijo su padre en voz baja y con aire jovial—, ¿a que es bonita esta horma que os he encontrado? ¿Qué decís de esta real moza, querubín?

El viejo duque no ponía en duda la obediencia de su hijo, Étienne era para él el hijo de su madre, la misma pasta dócil bajo los dedos[224].

«¡Que tenga un niño y que reviente!, pensaba el anciano, tanto se me da».

—Padre —dijo el niño con voz suave—, no os entiendo.

—Venid a vuestro aposento, tengo dos palabras que deciros —dijo el duque pasando a la habitación de honor.

Étienne siguió a su padre. Las tres damas, conmovidas por un sentimiento de curiosidad que compartió el barón de Artagnon, se pasearon por aquella gran sala de tal modo que quedaron agrupadas a la puerta de la habitación de honor, que el duque había dejado entornada.


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