Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos —Querido benjamÃn —dijo el anciano dulcificando al principio su voz—, te he escogido por mujer a esta alta y guapa dama; es la heredera de los predios de una rama de menor edad de la casa de Grandlieu, nobleza rancia y con abolengo del ducado de Bretaña. Asà que sé buen camarada, y recuerda las cosas más bonitas de tus libros para decirle galanterÃas antes de hacérselas.
—Padre, ¿no es acaso el primer deber de un gentilhombre mantener su palabra?
—¡SÃ!
—Pues bien, cuando yo os perdoné la muerte de mi madre, muerta aquà a resultas de su matrimonio con vos, ¿no me prometÃsteis no contrariar jamás mis deseos? Yo mismo te obedeceré como al Dios de la familia, dijisteis. Nada emprendo contra vos, tan solo solicito tener libre albedrÃo en un asunto en el que me va la vida y que a mà solo compete: mi matrimonio.
—Yo entendÃa —dijo el anciano sintiendo que toda la sangre se le subÃa al rostro— que no te opondrÃas a la continuación de nuestra noble estirpe.
—Vos no me pusisteis condición alguna —dijo Étienne—. Yo no sé qué tiene en común el amor con una estirpe; pero lo que sà sé es que estoy enamorado de la hija de vuestro viejo amigo Beauvouloir, y nieta de vuestra amiga la Bella Romana.