Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Castanier, en quien desde hacía diez años el cajero había matado al militar, le inspiraba al banquero una confianza tan grande, que asimismo dirigía las escrituras del gabinete particular situado detrás de su caja y al que el barón descendía por una hurtada escalera. Allí se decidían los negocios. Allí estaba el cedazo en el que se tamizaban las propuestas, el locutorio en el que se examinaba la plaza. De allí salían las cartas de crédito; por fin, allí se encontraban el Gran Libro y el Diario en los que se resumía el trabajo de las demás oficinas. Tras haber ido a cerrar la puerta de comunicación en la que desembocaba la escalera que conducía al despacho de ceremonia donde se reunían los dos banqueros en el primer piso de su palacete, Castanier había regresado a sentarse y llevaba un ratito contemplando varias cartas de crédito extendidas a cuenta de la casa Watschildine[413] de Londres. Después, había tomado la pluma y acababa de imitar, al pie de todas ellas, la firma Nucingen. En el momento en que estaba buscando cuál de todas aquellas firmas falsas era la imitada con más perfección, alzó la cabeza como si le hubiese picado una mosca, obedeciendo a un presentimiento[414] que le había gritado dentro del corazón: ¡No estás solo! Y el falsario vio detrás del enrejado, en la ventanilla de su caja, a un hombre cuya respiración no se había hecho oír, que le pareció no respirar, y que seguramente había entrado por la puerta del pasillo que Castanier distinguió abierta de par en par. El antiguo militar experimentó, por primera vez en su vida, un miedo que le hizo quedarse con la boca abierta y los ojos alelados ante aquel hombre, cuyo aspecto era, por lo demás, lo suficientemente aterrador como para no necesitar las circunstancias misteriosas de semejante aparición. El corte oblongo del rostro del extranjero, los abombados contornos de su frente y el color agrio de su carne anunciaban, tanto como la forma de sus ropas, a un inglés[415]. Aquel hombre apestaba a inglés. Al ver su levita con cuello, su corbata hueca contra la que chocaba una chorrera de encañonado plano, y cuya blancura resaltaba la permanente lividez de un rostro impasible cuyos labios rojos y fríos parecían destinados a chupar la sangre de los cadáveres[416], se adivinaban sus polainas negras abotonadas hasta por encima de la rodilla, y ese aparato semipuritano de un inglés rico que ha salido para dar un paseo a pie. El brillo que lanzaban los ojos del extranjero era insoportable y causaba al alma una punzante impresión que aumentaba aún más la rigidez de sus rasgos. Aquel hombre seco y descarnado parecía tener en él como un principio devorador que le era imposible saciar. Debía de digerir con tal presteza su alimento que seguramente podía comer incesantemente, sin sonrojar jamás el mínimo contorno de sus mejillas. Una tonelada de ese vino de Tokaj llamado vino de sucesión[417], él podía tragársela sin hacer zozobrar ni su apuñaladora mirada que leía en las almas, ni su cruel razón que siempre parecía ir al fondo de las cosas. Tenía un algo de la salvaje y serena majestad de los tigres.