Cuentos filosoficos

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—Caballero, vengo a cobrar esta letra de cambio —dijo a Castanier con una voz que se puso en comunicación con las fibras del cajero y las alcanzó todas con una violencia comparable a la de una descarga eléctrica[418].

—La caja está cerrada —contestó Castanier.

—Está abierta —dijo el inglés señalando la caja—. Mañana es domingo, y no puedo esperar. La cantidad es de quinientos mil francos, usted la tiene en la caja, y yo la debo.

—Pero, caballero, ¿cómo ha entrado usted?

El inglés sonrió, y su sonrisa aterró a Castanier. Jamás respuesta alguna fue más amplia de cuanto lo fue el pliegue desdeñoso e imperial formado por los labios del extranjero. Castanier se volvió, tomó cincuenta fajos[419] de diez mil francos en billetes de banca y, cuando se los ofreció al extranjero que le había arrojado una letra de cambio aceptada por el barón de Nucingen, fue presa de una especie de temblor convulsivo al ver los rayos rojos que salían de los ojos de aquel hombre, y que venían a relucir sobre la falsa firma de la carta de crédito.

—No… figura… su… recibo —dijo Castanier dándole la vuelta a la letra de cambio.

—Páseme usted su pluma —dijo el inglés.


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