Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Castanier presentó la pluma que acababa de utilizar para su falsificación. El extranjero firmó JOHN MELMOTH[420], y luego devolvió el papel y la pluma al cajero. Mientras Castanier miraba la escritura del desconocido, que iba de derecha a izquierda al modo oriental, Melmoth desapareció, e hizo tan poco ruido que, cuando el cajero alzó la cabeza, dejó escapar un grito al no ver ya a aquel hombre, y al experimentar los dolores que nuestra imaginación supone deben de ser producidos por el envenenamiento. La pluma que había utilizado Melmoth le causaba en las entrañas una sensación cálida y removedora bastante similar a la que da el emético. Como a Castanier le parecía imposible que el inglés hubiese adivinado su delito, atribuyó aquel sufrimiento interior a la palpitación que, según las ideas preconcebidas[421], debe procurar una mala jugada en el momento en que se hace.
«¡Al diablo[422]!, qué tonto soy. ¡Dios me protege, porque si ese animal se hubiese dirigido mañana a estos caballeros, estaba yo frito!», se dijo Castanier arrojando a la salamandra las falsas cartas inútiles, que se consumieron en ella.