Cuentos filosoficos

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Si las cosas ya eran tristes alrededor de la joven, aquel rostro, a pesar de la serenidad del sueño, parecía aún más triste. Agitada por las oleadas del viento, la claridad de la lámpara que se extinguía en las orillas de la cama tan solo iluminaba la cabeza del conde por momentos, de suerte que los movimientos del resplandor simulaban en aquel rostro en reposo los debates de un tormentoso pensamiento. Apenas si se tranquilizó la condesa al reconocer la causa de aquel fenómeno. Cada vez que un golpe de viento proyectaba la luz sobre aquel gran rostro dando sombra a las numerosas callosidades que lo caracterizaban, le parecía que su marido iba a clavar en ella dos ojos de insostenible rigor. Implacable como la guerra que a la sazón se hacían la Iglesia y el calvinismo[69], la frente del conde era amenazadora incluso durante el sueño; numerosos surcos producidos por las emociones de una vida guerrera imprimían en ella un vago parecido con esas piedras vermiculadas que adornan los monumentos de aquella época; iguales a los musgos blancos de los robles viejos, unos cabellos prematuramente grises la rodeaban sin gracia, y la intolerancia religiosa mostraba en ella sus apasionadas brutalidades. La forma de una nariz aguileña que se asemejaba al pico de un pájaro de presa, los contornos negros y plegados de unos ojos amarillos[70], los huesos prominentes de un rostro demacrado, la rigidez de las profundas arrugas y el desdén marcado en el labio inferior, todo indicaba una ambición, un despotismo, una fuerza tanto más de temer cuanto la estrechez del cráneo traicionaba una carencia absoluta de inteligencia y un valor sin generosidad[71]. Aquel rostro estaba horriblemente desfigurado por un ancho tajo transversal, cuya costura figuraba una segunda boca en la mejilla derecha. A la edad de treinta y tres años, el conde, celoso de ilustrarse en la desdichada guerra de religión cuya señal fue dada por el día de San Bartolomé[72], había sido herido de gravedad en el sitio de La Rochelle[73]. La desventura de su herida, por hablar el lenguaje de la época, aumentó su odio contra los de la religión; pero, por una disposición bastante natural, envolvió también a los hombres de rostro hermoso en su antipatía. Antes de aquella catástrofe era ya tan feo que ninguna dama había querido recibir sus agasajos. La única pasión de su juventud fue una mujer célebre llamada la Bella Romana. El recelo que le dio su nueva desgracia le volvió susceptible hasta el punto de no volver a creer que pudiese inspirar una pasión auténtica; y su carácter se hizo tan agreste que, si alguna vez tuvo éxito en cosas de galantería, lo debió al terror inspirado por sus crueldades. La mano izquierda, que aquel terrible católico[74] tenía fuera de la cama, remataba la pintura de su carácter. Extendida de modo que guardase a la condesa como guarda un avaro su tesoro, aquella enorme mano estaba cubierta por un vello tan abundante y ofrecía un entrelazado de venas y músculos tan en realce que parecía una rama de haya rodeada por los tallos de una hiedra amarillenta. Al contemplar el rostro del conde, un niño hubiera reconocido a uno de esos ogros cuyas terribles historias les cuentan las amas de cría. Bastaba con ver la anchura y la longitud del sitio que el conde ocupaba en la cama para adivinar sus gigantescas proporciones. Sus gruesas cejas entrecanas le ocultaban los párpados, de tal modo que realzaban la claridad de sus ojos, en la que destellaba la ferocidad luminosa de los de un lobo al acecho entre la enramada. Bajo su nariz de león, dos anchos bigotes mal cuidados, porque despreciaba singularmente el aseo, no permitían ver el labio superior. Felizmente para la condesa, la ancha boca de su marido estaba muda en aquel momento, porque los sonidos más dulces de aquella voz ronca la estremecían. Aunque el conde de Hérouville tenía apenas cincuenta años[75], a la primera impresión se le podían echar sesenta, de tal modo habían ultrajado su fisonomía las fatigas de la guerra sin alterar su robusta complexión; pero a él se le daba muy poco de pasar por un lindo.


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