Cuentos filosoficos

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De pronto la tempestad arreció. La joven ya no se atrevió a augurar nada favorable al oír las amenazas del cielo, cuyos cambios se interpretaban en aquella época de credulidad según las ideas o los hábitos de cada mente. De súbito volvió los ojos hacia dos ventanas de ojiva que estaban en el extremo de la habitación; pero la pequeñez de los vidrios y la multiplicidad de las láminas de plomo no le permitieron ver el estado del firmamento ni si se acercaba el fin del mundo, como pretendían ciertos monjes hambrientos de donaciones. Fácilmente hubiera podido creer en aquellas predicciones, porque el ruido del mar irritado, cuyas olas embestían los muros del castillo, vino a unirse a la poderosa voz de la tormenta, y las rocas parecieron sacudirse. A pesar de que los dolores se sucedían cada vez más agudos y más crueles, la condesa no se atrevió a despertar a su marido; pero sí examinó sus rasgos, como si la desesperación le hubiese aconsejado buscar en ellos un consuelo contra tantos pronósticos siniestros[68].







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