Cuentos filosoficos

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—Conseguiremos entrar —exclamó Poussin, que ya no escuchaba a Porbus y ya no dudaba de nada.

Porbus sonrió ante el entusiasmo del joven desconocido, y le dejó invitándole a que fuera a verlo.

Nicolas Poussin volvió a pasos lentos hacia la calle de la Harpe[834], y rebasó sin darse cuenta el modesto albergue en el que se alojaba. Subiendo con inquieta prontitud su mísera escalera, llegó a una habitación alta, situada bajo una techumbre de entramado, ingenua y ligera cubrición de las casas del viejo París. Junto a la única y oscura ventana de aquella habitación, vio a una muchacha que, al ruido de la puerta, se incorporó repentinamente con un movimiento de amor; había reconocido al pintor en el modo como él había atacado al pestillo.

—¿Qué te pasa? —le dijo.

—¡Me pasa, me pasa —exclamaba él sofocándose de gusto— que me he sentido pintor! ¡Había dudado de mí hasta ahora, pero esta mañana he creído en mí mismo! ¡Puedo ser un gran hombre! ¡Fíjate, Gillette, seremos ricos, felices! En estos pinceles hay oro.


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