Cuentos filosoficos

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Pero de repente calló. Su rostro serio y vigoroso perdió su expresión de alegría cuando comparó la inmensidad de sus esperanzas con la mediocridad de sus recursos. Las paredes estaban cubiertas por simples papeles repletos de bocetos a lápiz. No poseía ni cuatro lienzos propios. Los colores tenían a la sazón alto precio, y el pobre gentilhombre[835] veía su paleta poco más o menos desnuda[836]. En el seno de aquella miseria, poseía y sentía increíbles riquezas de corazón, y la sobreabundancia de un genio devorador. Traído a París por un gentilhombre amigo suyo, o tal vez por su propio talento, repentinamente había encontrado allí una amante, una de esas almas nobles y generosas que vienen a sufrir junto a un gran hombre, que se desposan con sus miserias y se esfuerzan por comprender sus caprichos; fuertes para la miseria y el amor, como otras son intrépidas para llevar encima el lujo, para hacer alarde de su insensibilidad. La sonrisa errante en los labios de Gillette doraba aquel desván y rivalizaba con el resplandor del cielo. El sol no siempre brillaba, mientras que ella siempre estaba allí, recogida en su pasión, atada a su felicidad, a su sufrimiento, consolando al genio que desbordaba en el amor antes de apoderarse del arte[837].

—Escucha, Gillette, ven.


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