Cuentos filosoficos

Cuentos filosoficos

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La obediente y alegre muchacha saltó a las rodillas del pintor. Era toda gracia, toda belleza, linda como una primavera, estaba adornada con todas las riquezas femeninas y las iluminaba con el fuego de una hermosa alma.

—¡Oh, Dios! —exclamó él—, nunca me atreveré a decirle…

—¿Un secreto? —prosiguió ella—. ¡Oh!, quiero saberlo.

Poussin se quedó abstraído.

—Vamos, dilo.

—¡Gillette!, ¡pobre corazón querido!

—¡Oh!, ¿quieres algo de mí?

—Sí.

—Si deseas que vuelva a posar delante de ti como el otro día —prosiguió ella con un mohincito enfadado—, nunca más consentiré; porque, en esos momentos, tus ojos ya no me dicen nada. Ya no piensas en mí, y sin embargo, me estás mirando.

—¿Preferirías verme copiar a otra mujer?

—Puede —dijo ella—, si fuera muy fea.

—Bueno —prosiguió Poussin con tono serio—, pues, ¿y si para mi futura gloria, si para hacerme un gran pintor tuvieras que ir a posar a casa de otro?

—Me quieres probar —dijo ella—. De sobra sabes que no iría.


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