Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Tras tener asimiladas, mediante el constante ahorro de su conducta, las riquezas y las ideas de sus amos o de sus vecinos, este país, tan nativamente mate y carente de poesía, compuso para sí una vida original y unas características costumbres, sin parecer mancillado de servilismo. El Arte despojó en él cualquier idealismo para reproducir únicamente la Forma. Por eso, no le pidan a esta patria ni poesía plástica ni la elocuencia de la comedia, ni la acción dramática, ni los osados tiros de la epopeya o de la oda, ni genio musical; pero es fértil en descubrimientos, en discusiones doctorales que exigen tiempo y lámpara. Todo se acuña en ella en el troquel del goce temporal. El hombre ve allí exclusivamente lo que es, su pensamiento se pliega tan escrupulosamente a servir a las necesidades de la vida, que en ninguna obra se ha lanzado más allá del mundo real. La única idea de futuro concebida por este pueblo fue una especie de economía en política, su fuerza revolucionaria procedió del doméstico deseo de tener holgura para los codos en la mesa y la comodidad completa bajo el alero de sus steedes[875]. El sentimiento del bienestar y el espíritu de independencia que la fortuna inspira engendraron, antes allí que en otros lugares, esa necesidad de libertad que más tarde labró a Europa. Por eso mismo, la constancia de sus ideas y la tenacidad que la educación da a los flamencos los convirtieron antaño en hombres temibles en la defensa de sus derechos. Entre este pueblo, pues, nada se modela a medias, ni casas, ni muebles, ni diques, ni la cultura, ni la revolución. Por esa razón conserva el monopolio de aquello que emprende. La fabricación del encaje, labor de paciente agricultura y de más paciente industria, y la de su lienzo son hereditarias igual que sus fortunas patrimoniales. Si hubiera que pintar la constancia en la forma humana más pura, tal vez estaríamos en lo cierto tomando el retrato de un bondadoso burgomaestre de los Países Bajos, capaz, como tantos se han encontrado, de morir burguesamente y sin brillo por los intereses de su Hansa[876]. Pero las dulces poesías de esta vida patriarcal se hallarán de modo natural en la pintura de una de las últimas casas que, en el tiempo en el que da comienzo esta historia, conservaban aún su carácter en Douai.