Cuentos filosoficos

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En todas las costumbres flamencas está impresa la más exquisita materialidad. El confort[872] inglés ofrece tintes secos, tonos duros; mientras que en Flandes, el añoso interior de los hogares alegra el ojo mediante colores mullidos, con una auténtica jovialidad; implica el trabajo sin cansancio; la pipa denota allí una feliz aplicación del far niente napolitano; y además, acusa un apacible sentimiento del arte, su más necesaria condición, la paciencia, y el elemento que hace perdurables sus creaciones, la consciencia. El carácter flamenco está en esas dos palabras, paciencia y consciencia, que parecen excluir los ricos matices de la poesía y hacer las costumbres de ese país tan llanas como lo son sus vastas planicies, tan frías como lo es su brumoso cielo. Nada hay de ello, no obstante. La civilización ha desplegado allí su poder modificándolo todo, incluso los efectos del clima. Si se observan con atención los productos de los diversos países del globo, de entrada se sorprende uno de ver los colores grises y terrosos especialmente asociados con las producciones de las zonas templadas, mientras que los colores más restallantes distinguen a las de los países cálidos. Las costumbres deben acomodarse necesariamente a esta ley de la naturaleza. Flandes, que antaño era esencialmente parda y estaba abocada a tonos lisos, ha hallado medio de arrojar brillo a su fuliginosa atmósfera mediante las vicisitudes políticas que sucesivamente la han ido sometiendo a los borgoñones, a los españoles y a los franceses, y que la han hecho confraternizar con los alemanes y los holandeses. De España conservó el lujo de los escarlatas, los rasos brillantes, los tapices de vigoroso efecto, las plumas, las mandolinas y las formas corteses. De Venecia le quedó, a cambio de sus telas y sus encajes, esa fantástica cristalería en la que el vino reluce y parece mejor. De Austria conservó esa grávida diplomacia que, siguiendo un dicho popular, da tres pasos en un celemín. El comercio con las Indias ha vertido en ella los grotescos inventos de la China y las maravillas del Japón. No obstante, a pesar de su paciencia en amasarlo todo, en no devolver nada, en soportarlo todo, Flandes apenas podía considerarse sino como almacén general de Europa[873] hasta el momento en que el descubrimiento del tabaco soldó mediante el humo los dispersos rasgos de su fisonomía nacional[874]. Desde entonces, a despecho de las parcelaciones de su territorio, el pueblo flamenco existió gracias a la pipa y a la cerveza.


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