Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Los acontecimientos de la vida humana, ya sea pública, ya privada, van tan íntimamente ligados a la arquitectura, que la mayoría de los observadores pueden reconstruir las naciones o a los individuos, en toda la verdad de sus costumbres, a partir de los restos de sus monumentos públicos o mediante el examen de sus reliquias domésticas. La arqueología es a la naturaleza social lo que la anatomía comparada[864] es a la naturaleza organizada. Un mosaico revela toda una sociedad, al igual que un esqueleto de ictiosauro sobreentiende toda una creación. Por una y otra parte, todo se deduce, todo se concatena. La causa hace adivinar un efecto, así como cada efecto permite remontarse a una causa. El sabio resucita así hasta las verrugas de los tiempos antiguos. De ahí procede seguramente el prodigioso interés que inspira una descripción arquitectónica cuando la fantasía del escritor no desnaturaliza sus elementos[865]; ¿acaso no puede cualquiera religarla al pasado mediante solemnes deducciones?; y, para el hombre, el pasado se parece de modo singular al porvenir: contarle lo que fue, ¿no es casi siempre decirle lo que será[866]?. Es, en fin, poco frecuente que la pintura de los lugares en los que se desarrolla la vida no le recuerde a todo el mundo, o sus promesas traicionadas, o sus esperanzas en flor. La comparación entre un presente que engaña las secretas intenciones y el futuro que puede realizarlas es una inagotable fuente de melancolía o de dulces satisfacciones. Por lo mismo, es casi imposible no ser presa de una especie de enternecimiento en la pintura de la vida flamenca, cuando sus accesorios están bien representados. ¿Por qué? Tal vez sea esta, entre las diferentes existencias, la que mejor concluye las incertidumbres del hombre. No faltan en ella todas las fiestas, todos los lazos de la familia, un carnoso buen pasar que testifica la continuidad del bienestar, un descanso que se parece a la beatitud; pero sobre todo expresa el sosiego y la monotonía de una felicidad ingenuamente sensual en la que el goce ahoga el deseo previniéndolo siempre. Sea cual sea el precio que el hombre apasionado pueda aparejar a los tumultos de los sentimientos, nunca ve sin emoción las imágenes de esa naturaleza social en la que los latidos del corazón están tan bien regulados que la gente superficial la acusa de frialdad. La gente suele preferir la fuerza anómala que desborda a la fuerza regular que permanece. La gente no tiene ni tiempo ni paciencia para comprobar el inmenso poder oculto bajo una apariencia uniforme. De modo que, para sacudir a esa gente arrastrada por la corriente de la vida, la pasión, al igual que el gran artista, no posee más recurso que ir más allá de la meta, como hicieron Miguel Ángel[867], Bianca Capello[868], la señorita de La Vallière[869], Beethoven[870] y Paganini[871]. Únicamente los grandes calculadores piensan que nunca hay que rebasar la meta, y no sienten respeto más que por la virtualidad impresa en un acabamiento perfecto, el cual pone en cualquier obra esa profunda serenidad cuyo encanto prende a los hombres superiores. Ahora bien, la vida adoptada por ese pueblo esencialmente ecónomo cumple sobradamente las condiciones de dicha que sueñan las masas para la vida ciudadana y burguesa.