Cuentos filosoficos

Cuentos filosoficos

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Me hallaba yo midiendo cuánto tiempo requiere un pensamiento para desarrollarse; y, con mi compás en la mano, de pie en lo alto de una roca, a cien toesas[5] por encima del océano, cuyas olas retozaban en las rompientes, iba y venía por mi futuro amueblándolo de obras, como un ingeniero que, en un solar, traza fortalezas y palacios. El mar estaba precioso, acababa de vestirme después de haber nadado, y estaba esperando a Pauline[6], mi ángel guardián, que se estaba bañando en una pileta de granito llena de una arena fina, la más coqueta bañera que haya dibujado la naturaleza para sus hadas marinas. Estábamos en el extremo del Croisic[7], una linda península de la Bretaña; estábamos lejos del puerto, en un lugar que el Fisco ha estimado tan inabordable que el aduanero no pasa casi nunca. ¡Nadar por los aires después de haber nadado en el mar! ¡Ah! ¿Quién no habría nadado por el futuro? ¿Por qué estaba yo pensando? ¿Por qué acaece un mal? ¿Quién lo sabe? Las ideas te caen al corazón o a la cabeza sin consultarte. No ha habido cortesana más peregrina ni más imperiosa de cuanto lo es la Concepción para los artistas; cuando viene hay que tomarla como a la Fortuna, de la melena[8]. Encaramado en mi pensamiento como Astolfo en su hipogrifo[9], cabalgaba yo, pues, a través del mundo, disponiendo de todo a mi albedrío[10]. Cuando quise buscar a mi alrededor algún presagio para las audaces construcciones que mi loca imaginación me aconsejaba emprender, un lindo grito, el grito de una mujer que te llama en el silencio de un desierto, el grito de una mujer que sale del baño, tonificada, alegre, dominó el murmullo de los flecos incesantemente móviles que el flujo y el reflujo dibujaban sobre los accidentes de la costa. Al oír aquella nota brotada del alma, creí haber visto en las rocas el pie de un ángel que, desplegando sus alas, había exclamado: «¡Lo lograrás!». Bajé, radiante, ligero; bajé dando brincos como un guijarro arrojado por una cuesta empinada. Al verme, me dijo: «¿Qué tienes?». No contesté, se me anegaron los ojos. La víspera, Pauline había comprendido mis dolores, igual que en este momento comprendía mis gozos, con la mágica sensibilidad de un arpa que obedece a las variaciones de la atmósfera. ¡La vida humana tiene momentos hermosos! Echamos a andar en silencio por el arenal adelante. El cielo estaba sin nubes, el mar estaba sin arrugas; otros no hubiesen visto en ellos sino dos estepas azules una encima de otra; pero nosotros, nosotros que nos entendíamos sin tener necesidad de la palabra, nosotros que, entre aquellos dos lienzos del infinito, podíamos hacer jugar las ilusiones con las que uno se alimenta durante los años mozos, nosotros nos estrechábamos la mano al mínimo cambio que presentaban, ora la superficie de agua, ora las láminas del aire, porque tomábamos aquellos leves fenómenos por traducciones materiales de nuestro doble pensamiento[11]. ¿Quién no ha saboreado en los placeres ese momento de alegría ilimitada en que el alma parece haberse liberado de los vínculos de la carne, y hallarse como devuelta al mundo del que procede? No es el placer nuestro único guía en esas esferas. ¿No existen acaso horas en que los sentimientos se abrazan espontáneamente y se lanzan a él, como muchas veces dos niños suelen cogerse de la mano y echar a correr sin saber por qué? Así íbamos. En el momento en que los tejados de la ciudad aparecieron en el horizonte trazando en él una línea grisácea, nos tropezamos con un pobre pescador que regresaba al Croisic[12]; llevaba los pies descalzos, el pantalón de tela deshilachado por abajo, con rotos, mal remendado; sobre eso, llevaba una camisa de loneta de vela, unos a modo de tirantes de orillo, y por chaqueta un harapo. Tal miseria nos hizo daño, como si hubiese sido aquello alguna disonancia en medio de nuestras armonías. Nos miramos para compadecernos uno al otro por no tener en aquel momento el poder de surtirnos de los tesoros de Abul-Casem[13]. Vimos un soberbio bogavante y un centollo ensartados en un cordelillo que el pescador iba balanceando en su mano derecha, mientras que con la otra sujetaba sus aparejos y sus artilugios. Lo abordamos, con la intención de comprarle su pesca, idea que se nos ocurrió a ambos y que se expresó en una sonrisa a la que constesté con una ligera presión del brazo que llevaba cogido y que atraje junto a mi corazón. De esas naderías es de las que después hace poemas el recuerdo, cuando junto al fuego recordamos la hora en que esa nadería nos conmovió, el lugar en el que ello fue, y aquel espejismo cuyos efectos aún no se han comprobado, pero que suele ejercerse sobre los objetos que nos rodean en los momentos en que la vida es ligera y nuestros corazones están henchidos. Los más hermosos parajes no son sino aquello que nosotros les hacemos ser. ¡Qué hombre un poco poeta no tiene en sus recuerdos un peñasco que ocupa más espacio del que han ocupado las más célebres visiones del terreno buscadas a costa de grandes gastos! Junto a aquel acantilado, tumultuosos pensamientos; allá, toda una vida empleada; allí, temores disipados; allí bajaron al alma rayos de esperanza. En aquel momento, el sol, simpatizando con aquellos pensamientos de amor o de futuro, arrojó sobre las agrestes laderas del acantilado un ardiente resplandor; algunas flores de las montañas atraían la atención; el sosiego y el silencio agrandaban aquella anfractuosidad en realidad oscura, coloreada por el soñador; y entonces era hermosa con sus flacas vegetaciones, sus cálidas manzanillas, sus cabellos de Venus de hojas aterciopeladas[14]. ¡Fiesta prolongada, decorados magníficos, feliz exaltación de las fuerzas humanas! Ya una vez me había hablado así el lago de Bienne[15], visto desde la isla de Saint-Pierre[16]; ¡tal vez el acantilado del Croisic será la última de estas alegrías! Pero, entonces, ¿qué será de Pauline[17]?.


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