El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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Derville salió. Cuando volvió a su despacho, envió a Godeschal, a la sazón su segundo pasante, a la casa de la condesa Ferraud, la cual, al leer la nota, en seguida hizo que se le pagase la suma debida al procurador del conde Chabert.

* * *

En el año 1840, hacia el fin del mes de junio, Godeschal, entonces procurador, iba a Ris, en compañía de Derville, su predecesor. Cuando llegaron a la avenida que conduce de la carretera principal a Bicêtre, vieron bajo uno de los olmos del camino a uno de esos pobres canosos y decrépitos que han obtenido el bastón de mariscal de los mendigos, viviendo en Bicêtre como las mujeres indigentes viven en la Salpêtrière. Aquel hombre, uno de los dos mil desgraciados alojados en el hospicio de la Vejez, se hallaba sentado en un guardacantón y parecía concentrar toda su inteligencia en una operación bien conocida de los inválidos y que consiste en hacer secar al sol el tabaco de Sus pañuelos, para evitar quizás el blanquearlos. Aquel anciano tenía un rostro simpático. Iba vestido con esa tela de paño rojizo, que el hospicio entrega a sus huéspedes, especie de horrible librea.

—Fijaos, Derville —dijo Godeschal a su compañero de viaje—, fijaos en ese viejo. ¿No se parece a esos grotescos que nos vienen de Alemania? ¡Y eso vive, y quizás es feliz!


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