El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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A unas palabras que Derville dijo al brigadier, le fue permitido hacer entrar a su cliente en la escribanía, donde Jacinto escribió unas líneas dirigidas a la condesa Ferraud.

—Mandad esto a su casa —dijo el soldado—, y se os pagarán vuestros gastos y el dinero que me adelantasteis. Creed, señor, que si no os he testimoniado el agradecimiento que os debo por vuestros servicios, no por ello este agradecimiento se halla menos aquí —dijo poniendo la mano sobre el corazón—. Sí, aquí está lleno y entero. Pero ¿qué pueden hacer los desgraciados? Únicamente amar.

—¡Cómo! —le dijo Derville—, ¿no habéis estipulado para vos alguna renta?

—¡No me habléis de eso! —respondió el viejo militar—. No podéis saber hasta dónde llega mi desprecio por esa vida exterior a la que tanto se aferran la mayoría de los hombres. De pronto me he visto aquejado de una enfermedad, el hastío de la humanidad. Cuando pienso que Napoleón está en Santa Elena, todo lo de aquí abajo me es indiferente. Ya no puedo ser soldado, ahí tenéis toda mi desgracia. En fin —añadió con un gesto infantil—, es mejor tener lujo en los sentimientos que en el vestir. Yo no temo el desprecio de nadie.

Y el coronel fue a sentarse de nuevo en su banco.


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