El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias —¡Qué destino! —exclamó Derville—. Salido del hospicio de los Niños abandonados, viene a morir en el hospicio de la Vejez, después de haber, en el intervalo, ayudado a Napoleón a conquistar Egipto y Europa. ¿Sabed, querido —repuso Derville tras una pausa—, que hay en nuestra sociedad tres hombres, el sacerdote, el médico y el hombre de justicia, que no pueden amar el mundo? Llevan ropaje negro, quizá porque llevan el luto de todas las virtudes, de todas las ilusiones. El más desgraciado de todos es el procurador. Cuando el hombre va a buscar al sacerdote, llega a él impulsado por el arrepentimiento, por los remordimientos, por creencias que le hacen interesante, que le acrecientan y que consuelan el alma del mediador, cuya tarea no deja de ir acompañada de cierto goce: purifica, repara, reconcilia. Pero, nosotros, los procuradores, vemos repetirse los mismos malos sentimientos, nada los corrige, nuestros despachos son cloacas que no pueden remediarse. ¡Cuántas cosas no he aprendido en el ejercicio de mi cargo! He visto morir a un padre en una buhardilla, en la más espantosa miseria, abandonado por dos hijas a las que habÃa dado cuarenta mil libras de renta. He visto quemar testamentos; he visto a madres despojar a sus hijos, maridos robar a sus mujeres, a mujeres matar a sus maridos sirviéndose del amor que les inspiraban para volverles locos o imbéciles, con objeto de vivir en paz con un amante. He visto a mujeres dar al hijo de su matrimonio brebajes que habÃan de acarrearles la muerte, con objeto de enriquecer al hijo del amor. No puede deciros todo lo que he visto, porque he visto crÃmenes contra los cuales la justicia es impotente. En fin, todos los horrores que los novelistas creen inventar se hallan siempre por debajo de la verdad. Vos vais a conocer todas esas cosas, os lo aseguro; yo me voy a vivir al campo con mi mujer. ParÃs me inspira horror.