El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias Después de este pequeño monólogo, el célebre doctor dirigiose, hacia las siete de la mañana, a la calle de Fouarre, donde vivía el señor Juan Julio Popinot, juez del Tribunal de primera instancia del Departamento del Sena. La calle de Fouarre, llamada en otro tiempo calle de la Paja, fue en el siglo XIII la calle más ilustre de París. Allí estuvieron las facultades de la Universidad cuando la voz de Abelardo y la de Gerson resonaban en el mundo sabio. Actualmente es una de las calles más sucias del distrito quinto, el barrio más pobre de París, aquél cuyos dos tercios de la población carecen de leña en invierno, el que arroja más chiquillos al torno de la Inclusa, más enfermos al Hospital, más mendigos a las calles, el que envía más traperos a las esquinas, más enfermos dolientes a lo largo de los muros donde se reflejan los rayos del sol, más obreros sin trabajo a las plazas, el mayor número de acusados a la policía correccional. En medio de esta calle siempre húmeda, y cuyo arroyo lleva hacia el Sena las aguas negras de algunas tintorerías, hay una vieja casa, sin duda restaurada bajo Francisco I, y construida con ladrillos sostenidos por cadenas de piedra de talla. Su solidez parece atestiguada por una configuración exterior que no se ve raras veces en algunas casas de París. Si podemos atrevemos a usar esta expresión, diremos que tiene una especie de vientre producido por el bombeo que describe su primer piso, abrumado bajo el peso del segundo y del tercero, pero que sostiene el fuerte muro de la planta baja. A simple vista, parece como si hubiera de derrumbarse, pero el observador no tarda en darse cuenta de que con esta casa ocurre como con la torre de Bolonia: los viejos ladrillos y las viejas piedras corroídas conservan invenciblemente su centro de gravedad. En todas las estaciones del año, las sólidas hiladas de la planta baja ofrecen el color amarillento y el imperceptible rezumar que la humedad da a la piedra. El transeúnte se estremece al pasar a lo largo de ese muro al que unos guardacantones protegen mal contra la rueda de los cabriolés. Como en todas las casas construidas antes de la invención de los coches, el vano de la puerta forma una arcada sumamente baja, bastante parecida al porche de una cárcel. A la derecha de esta puerta hay tres ventanas revestidas exteriormente de rejas de hierro con barrotes tan apretados que a los curiosos les resulta imposible ver el interior de las piezas húmedas y oscuras, tan sucios y polvorientos, por otra parte, están los cristales; a la izquierda hay otras dos ventanas parecidas, una de las cuales, a veces abierta, permite distinguir al portero, a su mujer y a sus hijos, moviéndose, trabajando, cocinando, comiendo y gritando en medio de una sala en la que todo se cae a pedazos y a la que se desciende por dos escalones, profundidad que parece indicar el progresivo alzamiento del pavimento parisiense. Si, en un día de lluvia, algún transeúnte se resguarda bajo la larga bóveda de vigas salientes y blanqueadas con cal que conduce a la puerta de la escalera, le es difícil no contemplar el cuadro que presenta el interior de esta casa. A la izquierda se encuentra un jardincillo cuadrado que no permite dar más de cuatro pasos en todos los sentidos, jardín de tierra negra en el que hay unas parras sin pámpanos, donde, a falta de vegetación, van a parar, a la sombra de dos árboles, papeles, ropa vieja, tejas caídas del tejado; tierra estéril, en la que el tiempo ha arrojado sobre las paredes, sobre los troncos de los árboles y sobre las ramas una huella polvorienta parecida al hollín. Los dos cuerpos de edificio de la casa reciben su luz de este jardincillo, rodeado por dos casas vecinas decrépitas, que amenazan ruina, en las que cada piso constituye un grotesco testimonio de la forma en que vive su inquilino. Aquí, largos bastones sostienen inmensas madejas de lana teñida puestas a secar; allí, en unas cuerdas, se balancean unas camisas; las mujeres cantan, los maridos silban, los niños gritan; el carpintero asierra sus planchas, un tornero en cobre hace chirriar el metal: todas las industrias se ponen de acuerdo para producir un ruido que el número de los instrumentos hace furibundo. La decoración interior de este pasaje, que no es ni un patio, ni un jardín, ni una bóveda, y que participa de todas estas cosas, está constituida principalmente por pilares de madera colocados sobre unos cubos de piedra y que figuran ojivas. Dos arcadas dan al jardincillo; otras dos, que se hallan frente a la puerta cochera, permiten ver una escalera de madera cuya rampa fue en otro tiempo una maravilla, tanto afecta el hierro formas extrañas y cuyos peldaños gastados tiemblan bajo el pie. Las puertas de cada apartamento tienen sus jambas sucias de grasa y de polvo, y están guarnecidas de dobles puertas revestidas de terciopelo de Utrecht sembrado de clavos, desdorados dispuestos en rombos. Estos vestigios de esplendor revelan que, en tiempos de Luis XIV, esta casa estaba habitada por algún consejero en el Parlamento, por ricos eclesiásticos o por algún tesorero. Pero tales vestigios del antiguo lujo suscitan una sonrisa por un ingenuo contraste entre el presente y el pasado. El señor Juan Julio Popinot vivía en el primer piso de esta casa, donde la oscuridad natural de los primeros pisos de las casas parisienses venía aumentada por la angostura de la calle. Aquella vieja vivienda era conocida en todo el distrito quinto, al que la Providencia había dado aquel magistrado como da una planta bienhechora para curar o mitigar cada enfermedad. He aquí el croquis de este personaje al cual quería seducir la brillante marquesa de Espard.