El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias En su calidad de magistrado, el señor Popinot vestía siempre de negro, lo cual contribuía a hacerle ridículo a los ojos de las personas acostumbradas a juzgarlo todo según un examen superficial. Los hombres celosos por conservar la dignidad que impone este vestido deben someterse a cuidados continuos y minuciosos; pero el pobre señor Popinot era incapaz de obtener sobre sí mismo la pulcritud puritana que exige el negro. Su pantalón, siempre raído, parecía hecho de la tela con que se confeccionan las togas de abogado, y su porte habitual acababa dibujando en él un número tan grande de pliegues, que en algunos sitios había líneas blanquecinas, rojas o relucientes, que denunciaban una avaricia sórdida o la pobreza más descuidada. Sus gruesas medias de lana hacían muecas en sus zapatos deformados. Su camisa tenía ese tono amarillento contraído en el armario por una larga permanencia, y que revelaba en la difunta señora Popinot la manía de la ropa blanca; siguiendo la moda flamenca, sin duda sólo dos veces al año se entregaba a las molestias de una colada. El resto de la indumentaria del magistrado se hallaba en armonía con el pantalón, los zapatos, las medias y la camisa. Había una felicidad constante en su incuria, porque el día en que se ponía un traje nuevo, lo asimilaba al conjunto de su toilette haciendo en él un gran número de manchas con inexplicable rapidez. El buen hombre aguardaba a que su cocinera le avisase de la vetustez de su sombrero para renovarlo. No cuidaba en modo alguno su cabellera gris, y sólo se afeitaba dos veces por semana. No llevaba nunca guantes, y generalmente metía sus manos en sus bolsillos vacíos, cuya entrada sucia, casi siempre desgarrada, añadía un rasgo más a la negligencia de su persona. Cualquiera que haya frecuentado el Palacio de Justicia de París, lugar en el que se observan todas las variedades del vestido negro, podrá imaginarse la facha del señor Popinot. La costumbre de estar sentado durante jornadas enteras modifica grandemente los cuerpos, de la misma manera que el aburrimiento ocasionado por interminables pleitos actúa sobre la fisonomía de los magistrados. Encerrado en salas ridículamente angostas, sin majestad de arquitectura y en las que el aire queda en seguida viciado, el juez parisiense asume forzosamente un rostro ceñudo, contraído por la atención, entristecido por el aburrimiento; su color palidece y adquiere tintes verduzcos o terrosos, según el temperamento del individuo. En fin, en un tiempo dado, el joven más lozano se convierte en una pálida máquina de considerandos, un aparato que aplica el Código sobre todos los casos con la flema de las ruedas de un reloj. Si, pues, la naturaleza había dotado al señor Popinot de un exterior poco agradable, la magistratura no lo había embellecido. Sus gruesas rodillas, sus grandes pies y sus grandes manos contrastaban con un rostro sacerdotal que recordaba vagamente una cabeza de becerro, dulce hasta el empalago, mal iluminada por unos ojos vagos, desprovista de sangre, hendida por una nariz recta y chata, encima de la cual aparecía una frente sin protuberancia, decorada por dos inmensas orejas que carecían de gracia. Sus cabellos raros permitían ver el cráneo por medio de varios surcos irregulares. Un solo rasgo recomendaba este rostro al fisonomista. Aquel hombre poseía una boca en cuyos labios florecía una bondad divina. Eran unos grandes labios rojos, de mil pliegues, sinuosos, móviles, en los que la naturaleza había expresado hermosos sentimientos; unos labios que hablaban al corazón y revelaban en ese hombre la inteligencia, la claridad, el don de la intuición, un espíritu angélico. Por consiguiente, le habríais comprendido mal si le hubieseis juzgado por su frente deprimida, por sus ojos sin calor y por su aspecto desgarbado. Su vida respondía a su fisonomía, estaba llena de secretos trabajos y ocultaba la virtud de un santo. Profundos estudios de Derecho habíanle recomendado tan bien, cuando Napoleón reorganizó la justicia en 1806 y en 1811, que, por consejo de Cambaceres, fue uno de los primeros en ser inscrito para sentarse en el Tribunal Imperial de París. Popinot no era intrigante. A cada nueva exigencia, a cada nueva solicitación, el ministro retiraba a Popinot, el cual no puso nunca los pies ni en casa del archicanciller, ni en casa del gran juez. De la Corte fue trasladado a las listas del Tribunal, luego rechazado hasta el último peldaño por las intrigas de gente activa y amante de chanchullos. Fue nombrado juez suplente. Un grito general se elevó en el Palacio de Justicia: «¡Popinot, juez suplente!». Esta injusticia sorprendió a todo el mundo judicial, a los abogados, a los ujieres, a todo el mundo, salvo al propio Popinot, que no se quejó. Pasado el primer clamor, todos encontraron que todo era lo mejor en el mejor de los mundos posible, que ciertamente debe ser el mundo judicial. Popinot fue juez suplente hasta el día en que el más célebre guardasellos de la Restauración vengó las malas pasadas que se le habían hecho a aquel hombre modesto y silencioso por los grandes jueces del Imperio. Después de haber sido juez suplente durante doce años, el señor Popinot había de morir sin duda como simple juez en el Tribunal del Sena.