El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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Aunque sus cualidades le hicieran eminentemente idóneo para esta carrera difícil, y tuviese la reputación de ser un profundo criminalista a quien sus funciones agradaban, la bondad de su corazón le hacía sufrir indeciblemente. Aunque mejor retribuidas que las de juez civil, las funciones de juez de instrucción no tientan a nadie; son demasiado esclavizadoras. Popinot, hombre de modestia y de virtuoso saber, sin ambición, trabajador infatigable, no se quejaba de su destino: hizo al bien público el sacrificio de sus gustos, y se dejó deportar a las lagunas de la instrucción criminal, en la que supo ser a la vez severo y bienhechor. A veces su escribano entregaba al acusado dinero para comprar tabaco, o para tener un vestido caliente en invierno, llevándole del gabinete del juez a la Souricière, cárcel temporal, en la que se hallan los acusados que están a disposición del instructor. Sabía ser juez inflexible y hombre caritativo. Así, nadie obtenía más fácilmente que él confesiones sin recurrir a los ardides judiciales. Poseía, por otra parte, la perspicacia del observador. Este hombre, de una bondad tonta en apariencia, simple y distraído, adivinaba las astucias de los Crispines del presidio, burlaba a las rameras más taimadas y vencía a los malvados. Circunstancias poco comunes habían aguzado su perspicacia; pero, para poder decir en qué consistían, es necesario penetrar en su vida íntima: porque el juez era en él el aspecto social, pero en él había otro hombre más grande y menos conocido.


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