El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias El magistrado no era el personaje menos pintoresco en medio de aquella asamblea. Llevaba en la cabeza un gorro de algodón rojizo. Como estaba sin corbata, su cuello, rojo de frío y arrugado, se dibujaba claramente por encima del cuello raído de su vieja bata. Su cara fatigada ofrecía la expresión semiestúpida que da la preocupación. Su boca, semejante a la de todos los que trabajan, estaba recogida como una bolsa de la que se han estrechado los cordones. Su frente contraída parecía soportar el fardo de todas las confidencias que se le habían hecho: sentía, analizaba y juzgaba. Atento como un usurero, sus ojos abandonaban sus libros y sus informes para penetrar hasta el fuero interno de los individuos a los que examinaba con la rapidez de visión por medio de la cual los avaros expresan sus inquietudes. De pie detrás de su dueño, dispuesto a ejecutar sus órdenes, Lavienne ejercía sin duda las funciones de policía y acogía a los recién llegados animándoles contra su propia vergüenza. Cuando apareció el médico, prodújose un movimiento en los bancos. Lavienne volvió la cabeza y quedose extrañamente sorprendido al ver a Bianchon.
—¡Ah! ¿Estás ahí, muchacho? —dijo Popinot—. ¿Qué es lo que te trae a estas horas?
—Temía que hoy, sin haber hablado conmigo, hicierais cierta visita de carácter judicial sobre la cual quisiera deciros algo.