El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias Estos dos nombres fueron pronunciados a la entrada del gabinete en que la marquesa se hallaba, linda pieza amueblada de nuevo recientemente y que daba sobre el jardín del hotel. En aquel momento, la señora de Espard se encontraba sentada en uno de aquellos antiguos sillones que la SEÑORA había puesto de moda. Rastignac ocupaba cerca de ella, a su izquierda, una silla baja en la que se había acomodado como el favorito de una dama italiana. De pie, en el ángulo de la chimenea, había un tercer personaje. Tal como había adivinado el médico, la marquesa era una mujer de un temperamento seco y nervioso: sin su régimen, su tez habría adquirido el color rojizo que confiere un constante recalentamiento; pero aumentaba aún su blancura artificial con los matices y los tonos vigorosos de las telas de que se rodeaba o con que se vestía. El marrón rojizo, el pardo negruzco con reflejos de oro le sentaban a maravilla. Su gabinete, copiado del de una famosa lady a la sazón de moda en Londres, era de terciopelo marrón; pero había añadido numerosos adornos cuyos lindos dibujos atenuaban la excesiva austeridad de este color. Estaba peinada como una muchacha, y sus bucles hacían resaltar el óvalo un poco alargado de su rostro; pero así como la forma redonda es vulgar, la forma alargada resulta majestuosa. Los dobles espejos de facetas que alargan o acortan a voluntad los rostros, dan una prueba evidente de esta regla aplicable a la fisonomía. Al advertir a Popinot, que se detuvo en la puerta como un animal asustado, tendiendo el cuello, con la mano izquierda en el bolsillo de su chaleco y la derecha armada de un sombrero grasiento, la marquesa lanzó a Rastignac una mirada en la cual la burla se hallaba en germen. El aspecto un poco abobado del buen hombre armonizaba de tal modo con su aire azorado que Rastignac no pudo por menos de volver la cabeza para disimular la risa cuando observó la cara contristada de Bianchon, que se sentía humillado en la persona de su tío. La marquesa saludó con un gesto de su cabeza e hizo un penoso esfuerzo por levantarse de su asiento, al que volvió a dejarse caer no sin elegancia, pareciendo disculparse por su descortesía con una debilidad fingida.