El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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Hay en nuestros días un pintor, Decamps, que posee en el grado más elevado el arte de interesar al espectador por aquello que quiere representar, tanto si se trata de una piedra como de un hombre. En este respecto, su lápiz es más sabio que su pincel. Si dibuja una habitación desnuda y deja una escoba apoyada contra la pared; si él quiere, os estremeceréis: creeréis que esta escoba acaba de ser el instrumento de un crimen y que está mojada en sangre; será la escoba de que se sirvió la viuda Bancal para limpiar la sala en la que Fualdès fue degollado. Sí, el pintor despeluzará la escoba como un hombre encolerizado, erizará las briznas como si se tratase de vuestros cabellos horrorizados; la convertirá en el puente entre la poesía secreta de su imaginación y la poesía que se desplegará en la vuestra. Después de haberos asustado con esta escoba, al día siguiente dibujará otra junto a la cual se encuentra un gato dormido, pero misterioso en su sueño, os indicará que esta escoba le sirve a la mujer de un zapatero alemán para trasladarse al Brocken. O bien se tratará de una escoba pacífica, de la que suspenderá el vestido de un empleado del Tesoro. Decamps tiene en su pincel lo que Paganini tenía en el arco de su violín, un poder magnéticamente comunicativo. Pues bien, haría falta trasladar al estilo ese talento sobrecogedor, ese genio del lápiz para describir al hombre esbelto, flaco y alto, vestido de negro, de largos cabellos negros, que permanecía en pie sin pronunciar una palabra. Este señor tenía un rostro como la hoja de un cuchillo, fría, áspera, cuyo color semejaba el de las aguas del Sena cuando el río está turbio y arrastra los carbones de algún barco. Miraba al suelo, escuchaba y juzgaba. Su actitud daba miedo. Estaba allí, como la famosa escoba a la que Decamps ha conferido el poder acusador de revelar un crimen. A veces, la marquesa trató durante la conversación de obtener una opinión tácita deteniendo un instante su mirada en aquel personaje, pero por muy vehemente que fuese la muda interrogación, él permaneció grave e impasible, como la estatua del Comendador.


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