El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias —Está fresca como una lechuga —pensó Popinot—. Señora —respondió adoptando un aire respetuoso—, no me debéis nada. Aunque mi diligencia no se encuentre en las costumbres del Tribunal, no debemos ahorrar nada con tal de llegar al descubrimiento de la verdad en tal clase de asuntos. Nuestros juicios están entonces menos determinados por el texto de la ley que por las inspiraciones de nuestra conciencia. Tanto si busco la verdad en mi gabinete como aquÃ, con tal de que la encuentre, me consideraré recompensado suficientemente.
Mientras hablaba Popinot, Rastignac estrechaba la mano a Bianchon y la marquesa hacÃa al doctor una leve inclinación de cabeza llena de graciosos favores.
—¿Quién es ese señor? —dijo Bianchon al oÃdo de Rastignac, indicándole el hombre vestido de negro.
—Es el caballero de Espard, hermano del marqués.
—Vuestro señor sobrino me ha dicho —respondió la marquesa a Popinot— cuán numerosas eran vuestras ocupaciones, y ya sé que sois lo bastante bueno como para querer ocultar una buena obra, con objeto de dispensar a vuestros favorecidos de tener que agradecérosla. Parece ser que ese Tribunal os fatiga muchÃsimo. ¿Por qué no doblan el número de los jueces?