El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias Cuando, hacia el mediodía, el señor Popinot se presentó, acompañado de su escribano, a la puerta de la casa, donde preguntó por el señor de Espard, la portera le condujo al tercer piso, contándole como el señor Espard aquella misma mañana había hecho que sus hijos se pegasen, y reía el muy monstruo, viendo como el menor mordía al mayor hasta hacerle sangre, porque sin duda quería verlos destruirse recíprocamente.
—Si me preguntáis el por qué —añadió la portera—, os diré que ni él mismo lo sabe.
En el momento en que la portera decía al juez estas palabras decisivas, le había llevado al descansillo del tercer piso, frente a una puerta llena de anuncios de las entregas sucesivas de la Historia pintoresca de la China. Aquel descansillo sucio de barro, aquella puerta en la que la imprenta había dejado sus estigmas, aquella ventana medio rota y el techo en el que los aprendices se habían entretenido dibujando monstruosidades con la llama humeante de sus bujías, el montón de papeles y de basuras acumuladas en los rincones a propósito o por descuido, en fin, todos los detalles del cuadro que se ofrecía a sus miradas concordaban tan bien con los hechos alegados por la marquesa, que, a pesar de su imparcialidad, el juez no pudo por menos de creer en ellos.
—Ahí lo tenéis —dijo la portera—, ahí tenéis la fábrica en la que los chinos comen con qué alimentar al barrio entero.