El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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El escribano miró al juez sonriendo, y Popinot tuvo que hacer grandes esfuerzos por mantenerse serio. Los dos entraron en la primera habitación, en la que se encontraba un anciano que sin duda hacía las veces de empleado de oficina, mozo de almacén y cajero. Aquel viejo era el maestro Jaime de la China. Largas planchas, en las que estaban apiladas las entregas publicadas, guarnecían las paredes de aquella estancia. Al fondo, un tabique de madera, adornado interiormente por cortinas verdes, formaba un gabinete. Una gatera destinada a recibir o a entregar el dinero indicaba el lugar donde estaba situada la caja.

—¿El señor de Espard? —dijo Popinot dirigiéndose a este hombre, que vestía una blusa gris.

El mozo de almacén abrió la puerta de la segunda habitación, donde el magistrado y su escribano vieron a un venerable anciano, de blanca cabellera, vestido con sencillez, condecorado con la cruz de San Luis, sentado ante un escritorio, y que cesó de comparar las láminas de colores para mirar a los dos recién llegados. Aquella pieza era un despacho modesto, lleno de libros y de pruebas de imprenta. Había en ella una mesa de madera negra, en la que sin duda venía a trabajar una persona que en aquellos momentos se hallaba ausente.

—¿Es el señor el marqués de Espard? —dijo Popinot.


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