El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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—No, señor —respondió el anciano levantándose—. ¿Qué deseáis de él? —añadió dirigiéndose hacia ellos y testimoniando por su actitud unas maneras corteses y unos hábitos debidos a la educación de un gentilhombre.

—Quisiéramos hablarle de asuntos que le son enteramente personales —respondió Popinot.

—De Espard, ahí hay unos señores que preguntan por ti —dijo entonces aquel personaje entrando en la última pieza, donde se hallaba el marqués junto a la chimenea, leyendo los periódicos.

Aquel último gabinete tenía una alfombra gastada, las ventanas estaban guarnecidas de cortinillas de tela gris; no había más que algunas sillas de caoba, dos sillones, un escritorio y encima de la chimenea un mal reloj y dos candelabros. El anciano precedió a Popinot y a su escribano, les adelantó dos sillas, como si fuese el dueño de la casa, y el señor de Espard le dejó hacer. Después de los respectivos saludos, durante los cuales el juez observó al pretendido loco, el marqués preguntó con naturalidad cuál era el objeto de aquella visita. En esto, Popinot miró al anciano y al marqués con aire harto significativo.


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