El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias EL INTERROGATORIO
Cuando el juez y el marqués se encontraron solos, el escribano cerró la puerta, sentose sin hacer cumplidos ante el escritorio, donde desenvolvió sus papeles y preparó el proceso verbal. Popinot no había cesado de mirar al señor de Espard: observaba el efecto producido en él por aquella declaración, tan cruel para un hombre cargado de razón. El marqués de Espard, cuyo rostro estaba generalmente pálido, como el de las personas rubias, púsose de pronto rojo de cólera, estremeciose ligeramente, sentose, dejó el periódico encima de la chimenea y bajó los ojos. Pronto volvió a asumir la dignidad de un gentilhombre y contempló al juez, como para buscar en su fisonomía los indicios de su carácter.
—Caballero —inquirió—, ¿cómo no he sido prevenido de semejante demanda?
—Señor marqués, debido a que se considera que las personas cuya interdicción se solicita no gozan de su razón, es inútil la notificación de la demanda. El deber del Tribunal consiste en comprobar ante todo las alegaciones de los demandantes.
—No hay nada más justo —respondió el marqués—. Bien, caballero, tened la bondad de indicar la forma en que debo comportarme…
