El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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Popinot salió, volviose varias veces en el patio y en la calle, conmovido por el recuerdo de esta escena, que formaba parte de esos efectos que arraigan en la memoria para volver a florecer en ciertas horas en las que el alma busca consuelos.

«Ese apartamento me convendría —díjose al llegar a su casa—. Si el señor de Espard lo deja, yo continuaré su arriendo…».

Al día siguiente, hacia las diez de la mañana, Popinot, que el día antes había redactado su informe, dirigiose hacia el Palacio con la intención de hacer rápida y buena justicia. En el momento en que entraba en el vestuario para coger la toga y ponerse la golilla, el empleado de la sala le dijo que el presidente del Tribunal le rogaba que pasase a su gabinete, donde le aguardaba. Popinot acudió en seguida.

—Buenos días, querido Popinot —le dijo el magistrado—. Os estaba esperando.

—Señor presidente, ¿se trata de un asunto grave?

—Nada de importancia —dijo el presidente—. El Guardasellos, con quien tuve el honor de comer ayer, me llevó aparte, a un rincón. Se ha enterado de que vos estuvisteis a tomar el té en casa de la señora de Espard, en cuyo asunto habíais de intervenir. Me ha hecho comprender que no es conveniente que vos intervengáis en esa causa…


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