El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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En cuanto los asuntos relativos a la herencia quedaron terminados, el joven heredero, ávido de placeres, compró rentas con sus capitales, dejó la gestión de sus tierras en manos del viejo Matías, el notario de su padre, y pasó seis años lejos de Burdeos. Agregado de Embajada en Nápoles, primero; fue más tarde en calidad de secretario a Madrid, a Londres, y de este modo dio la vuelta a Europa. Después de haber conocido el mundo, después de haber perdido muchas ilusiones, después de haber disipado los capitales líquidos que su padre había acumulado, llegó un momento en el que, para continuar con su tren de vida, Pablo tuvo que echar mano de las rentas territoriales que su notario había acumulado para él. En este momento crítico, obsesionado por una de esas ideas tenidas por prudentes, quiso abandonar París, volver a Burdeos, dirigir sus negocios, llevar una vida de aristócrata en Lanstrac, mejorar sus tierras, casarse, y llegar un día a diputado. Pablo era conde, la nobleza volvía a ser un valor matrimonial, podía y debía hacer un buen casamiento. Si muchas mujeres desean casarse con un título, muchas más aún quieren un hombre para quien el conocimiento de la vida sea familiar. Ahora bien, Pablo había adquirido por una suma de setecientos mil francos, devorada en seis años, ese cargo que no se vende y que es mejor que un cargo de agente de cambio; que exige también largos estudios, preparación, exámenes, conocimientos, amigos, enemigos, cierta elegancia en el talle, ciertas maneras, un nombre fácil y agradable de pronunciar; un cargo que, por otra parte, reporta buenas fortunas, duelos, apuestas perdidas en las carreras, decepciones, tedio, trabajos y muchos placeres indigestos. Era, en fin, un hombre elegante. Pese a sus locos dispendios, no había podido llegar a ser un hombre se moda. En el burlesco ejército de la gente de mundo, el hombre de moda representa el mariscal de Francia, el hombre elegante equivale a un teniente general. Pablo gozaba de su pequeña reputación de elegancia y sabía mantenerla. Sus criados iban bien vestidos, sus coches eran citados con admiración, sus cenas gozaban de cierta aceptación, en fin, su piso de soltero figuraba entre los siete u ocho cuyo fasto igualaba al de las mejores casas de París. Pero no había causado la desgracia de ninguna mujer, jugaba sin perder, gozaba de felicidad sin brillo, era demasiado honrado para engañar a quien quiera que fuese, siquiera una joven; no dejaba ver sus billetes amorosos, no poseía ningún cofrecillo con cartas de amor en el que sus amigos pudieran revolver mientras aguardaban a que hubiera acabado de ponerse el cuello o de afeitarse; no queriendo desmembrar sus tierras de Guyena, no poseía aquella temeridad que aconseja los golpes de audacia y llama la atención a toda costa sobre un joven; no pedía dinero prestado a nadie, y cometía el error de prestarlo a amigos que le abandonaban y ya no hablaban de él ni en bien ni en mal. Parecía haber medido su desorden. El secreto de su carácter estaba en la tiranía paterna, que había hecho de él una especie de mestizo social. Una mañana, dijo a uno de sus amigos, llamado De Marsay, que después llegó a ser famoso:


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