El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias —Caballero —dijo con una especie de alegrĂa, porque aquel pobre coronel respiraba, salĂa una segunda vez de la tumba, acababa de derretir una capa de nieve menos soluble que la que en otro tiempo le habĂa helado la cabeza, y aspiraba el aire cual si saliese de una mazmorra—, caballero —dijo—, si yo hubiese sido un guapo mozo, ninguna de mis desgracias me habrĂan ocurrido. Las mujeres creen en las personas cuando Ă©stas rellenan sus frases con la palabra amor. Entonces ellas trotan, van, intrigan, afirman los hechos, hacen de diablo por quien les agrada. ÂżCĂłmo habrĂa podido yo interesar a una mujer? Yo tenĂa entonces una cara de Requiem, iba vestido como un sans-culotte, parecĂa más un esquimal que un francĂ©s, ¡yo que antaño pasaba por ser el más guapo de los dandis, en 1799! ¡Yo, Chabert, conde del Imperio! En fin, cuando me echaron a la calle, como un perro, encontrĂ© al aposentador de quien ya os he hablado. El camarada se llamaba Boutin. El pobre diablo y yo formábamos el mejor par de rocines que jamás haya visto en mi vida; le vi durante el paseo; si yo le reconocĂ, en cambio, a Ă©l le fue imposible adivinar quiĂ©n era yo. Fuimos juntos a una taberna. AllĂ, cuando me di a conocer, la boca de Boutin se abriĂł en una carcajada como un mortero que revienta. ¡Esa alegrĂa, caballero, me ocasionĂł uno de mis pesares más vivos! ¡Me revelaba sin fingimientos todos los cambios que me habĂan sobrevenido! ¡Era, entonces, irreconocible, incluso a los ojos del más humilde y agradecido de mis amigos! En otro tiempo, yo habĂa salvado la vida a Boutin, pero esto fue un desquite que le debĂa. No voy a contaros la forma en que Ă©l me hizo este favor. La escena tuvo lugar en Italia, en Ravena. La casa en la que Boutin evitĂł que fuese apuñalado, no era una casa muy decente. En esa Ă©poca, yo no era coronel, era simple oficial de caballerĂa, como Boutin. Afortunadamente, aquella historia comportaba detalles que sĂłlo podĂan ser conocidos de nosotros, y cuando se la recordĂ©, su incredulidad disminuyĂł. Luego, le contĂ© los accidentes de mi extraña existencia. Aunque mis ojos, mi voz, fuesen, me dijo, singularmente alterados, aunque yo no tuviese ya ni cabellos, ni dientes, ni cejas y estuviese blanco como un albino, acabĂł por encontrar a su coronel en el mendigo, despuĂ©s de mil preguntas a las que respondĂ victoriosamente. Me contĂł sus aventuras, que no eran menos extraordinarias que las mĂas: regresaba de los confines de la China, donde habĂa querido penetrar despuĂ©s de haber huido de Siberia. Me informĂł de los desastres de la campaña de Rusia y de la primera abdicaciĂłn de NapoleĂłn. ¡Esta noticia es una de las cosas que más daño me hicieron! Éramos dos despojos curiosos, despuĂ©s de haber rodado asĂ sobre el globo como ruedan en el ocĂ©ano los guijarros arrastrados de una orilla a otra por las tempestades. Los dos habĂamos visto Egipto, Siria, España, Rusia, Holanda, Alemania, Italia, Dalmacia, Inglaterra, China, Tartaria, Siberia; sĂłlo nos faltaba ir a las Indias y a AmĂ©rica. En fin, más ágil que yo, Boutin se encargĂł de ir a ParĂs lo más rápidamente posible con objeto de informar a mi mujer del estado en que me hallaba. EscribĂ a la señora Chabert una carta muy detallada. ¡Era la cuarta, señor! Si yo tuviese padres, quizá todo ello no habrĂa sucedido; pero debo confesaros que soy un hijo del hospicio, un soldado que tenĂa por patrimonio su valor, por familia todo el mundo, por patria a Francia, por protector a Dios. ¡Me equivoco!; ¡tenĂa un padre, el emperador! ¡Ah!, ¡si ese hombre querido viviese todavĂa! y viese a su Chabert, como Ă©l me llamaba, en el estado en que me encuentro, ¡cĂłmo se encolerizarĂa! ¡QuĂ© querĂ©is! nuestro sol se ha puesto, y ahora todos tenemos frĂo. ¡DespuĂ©s de todo, los sucesos polĂticos podĂan justificar el silencio de mi mujer! Boutin partiĂł. Él era muy feliz. TenĂa dos osos blancos muy bien amaestrados que le daban con quĂ© vivir. Yo no podĂa acompañarle; mis dolores no me permitĂan hacer grandes etapas. LlorĂ©, señor, cuando nos separamos, despuĂ©s de haber caminado tanto como pudo pedĂrmelo mi estado, en compañĂa suya y de sus osos. En Carlsruhe tuve un acceso de neuralgia en la cabeza y permanecĂ seis semanas acostado sobre la paja de una posada. No acabarĂa, señor, si hubiese de contaros todas las desgracias de mi vida de mendigo. Los padecimientos morales, al lado de los cuales palidecen los dolores fĂsicos, excitan, sin embargo, menos piedad, porque no se los ve. Me acuerdo de haber llorado delante de una mansiĂłn de Estrasburgo, donde yo antaño habĂa dado una fiesta y donde no obtuve nada, ni siquiera un pedazo de pan. Habiendo decidido, de acuerdo con Boutin, el itinerario que debĂa seguir, iba a cada oficina de correos a preguntar si habĂa una carta y dinero para mĂ. LleguĂ© a ParĂs sin haber encontrado nada. ¡Cuánta desesperaciĂłn no he tenido que trazar! «Boutin habrá muerto», me decĂa a mĂ mismo. En efecto, el pobre diablo habĂa sucumbido en Waterloo. Me enterĂ© de su muerte más tarde y por casualidad. Su misiĂłn cerca de mi mujer habĂa sido sin duda infructuosa. Al fin entrĂ© en ParĂs, al mismo tiempo que los cosacos. Para mĂ esto era dolor sobre dolor. Al ver los rusos en Francia, yo no pensaba ya que tenĂa ni zapatos en los pies ni dinero en mi bolsillo. SĂ, señor, mis vestidos estaban hechos trizas. La vĂspera de mi llegada, me vi obligado a dormir en los bosques de Claye. El relente de la noche me causĂł sin duda un acceso de no sĂ© quĂ© enfermedad, que se apoderĂł de mĂ cuando atravesaba el barrio de San MartĂn. CaĂ casi desvanecido junto a la puerta de una ferreterĂa. Cuando me despertĂ©, me encontraba en una cama del Hospital. AllĂ permanecĂ durante un mes, bastante feliz. Pronto me despidieron; yo estaba sin dinero, pero con buena salud y sobre el buen pavimento de ParĂs. ¡Con quĂ© alegrĂa y con quĂ© presteza fui a la calle de Mont-Blanch, donde mi mujer debĂa alojarse en una mansiĂłn mĂa! ¡Bah! la calle de Mont-Blanch habĂase convertido en la calle de ChaussĂ©e-d’Antin. Ya no vi mi casa; habĂa sido vendida, demolida. Unos especuladores habĂan construido varias casas en mis jardines. Ignorando que mi mujer se hubiese casado con el señor Farraud, yo no podĂa obtener ningĂşn informe. En fin, me dirigĂ a la casa de un viejo abogado, que en otro tiempo se encargaba de mis asuntos. El buen hombre habĂa muerto despuĂ©s de haber cedido su clientela a un joven. Éste me enterĂł, con gran asombro mĂo, de la apertura de mi herencia, su adjudicaciĂłn, la boda de mi mujer y el nacimiento de sus dos hijos. Cuando le dije que yo era el coronel Chabert, se echĂł a reĂr con tal franqueza, que me alejĂ© de Ă©l sin hacerle la menor observaciĂłn. Mi detenciĂłn de Stuttgart me hizo pensar en Charenton, y decidĂ obrar con prudencia. Entonces, señor, sabiendo dĂłnde vivĂa mi mujer, me encaminĂ© a su casa, con el corazĂłn lleno de esperanza. Bien —dijo el coronel con un movimiento de rabia concentrada—, yo no fui recibido cuando me hice nombrar por un nombre supuesto, y el dĂa en que tomĂ© el mĂo, fui puesto a la calle. Para ver a la condesa regresar del baile o de los espectáculos, a la alborada, permanecĂ noches enteras pegado contra su puerta cochera. Mi mirada se sumergĂa en aquel coche que pasaba delante de mis ojos con la rapidez del relámpago, y en Ă©l entreveĂa apenas a esa mujer que es mĂa y que ya no me pertenece. ¡Oh! desde aquel dĂa, he vivido para la venganza —exclamĂł el anciano con voz sorda irguiĂ©ndose de pronto ante Derville—. Ella sabe que existo; ha recibido de mĂ, desde mi regreso, dos cartas escritas por mĂ mismo. ¡Ya no me quiere! Ignoro si la quiero o si la aborrezco. La deseo y la maldigo a la vez. Ella me debe su fortuna, su felicidad; ¡pues, bien, no me ha hecho llegar el más ligero socorro! A veces ya no sĂ© lo que va a ser de mĂ.