El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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—A mis tierras, cerca de Groslay, en el valle de Montmorency. Allí, señor, reflexionaremos juntos sobre el partido que hemos de tomar. Conozco mis deberes. Si soy vuestra de derecho, ya no os pertenezco de hecho. ¿Queréis que nos convirtamos en la comidilla de todo París? No enteremos al público acerca de esta situación que para mí presenta un lado ridículo y sepamos conservar la dignidad. Vos me amáis todavía —siguió la condesa lanzando al coronel una mirada triste y dulce—, pero yo, ¿acaso no he sido autorizada a formar otros lazos? En esta singular posición, una voz secreta me dice que espere en vuestra bondad, que tan conocida me es. ¿Me habré equivocado al tomaros por el único árbitro de mi suerte? Sed juez y parte. Me confío a la nobleza de vuestro carácter. Tendréis la generosidad de perdonarme los resultados de faltas inocentes. Os lo confesaré, amo al señor Ferraud, Me he creído con derecho a amarle. No me sonrojo al hacer esta confesión ante vos; si os ofende, no os deshonra en modo alguno. No puedo ocultaros los hechos. Cuando el azar me dejó viuda, yo no era madre.

El coronel hizo un gesto con la mano a su mujer, para imponerle silencio, y permanecieron sin pronunciar una sola palabra por espacio de media legua. Chabert creía ver a los dos niños ante sí.

—¡Rosina!

—¿Señor?


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