El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias —¿Entonces, los muertos hacen mal en volver?
—¡Oh! señor, ¡no, no! No me creáis ingrata. Sólo que encontráis a una amante, una madre, allà donde habÃais dejado una esposa. Si ya no está en mi poder el amaros, sé cuánto os debo y, puedo ofreceros aún todo el afecto de una hija.
—Rosina —repuso el anciano con voz dulce—, no guardo ningún resentimiento contra ti. Lo olvidaremos todo —añadió con una de esas sonrisas cuya gracia es siempre el re flejo de un alma hermosa—. No soy tan poco delicado como para exigir apariencias de amor en una mujer que ya no me ama.
La condesa le lanzó una mirada tan llena de gratitud, que el pobre Chabert habrÃa querido volver a entrar en su fosa de Eylau. Ciertos hombres poseen un alma lo suficientemente fuerte como para realizar uno de tales sacrificios, cuya recompensa se encuentra para ellos en la certidumbre de haber labrado la felicidad de una persona amada.
—Amigo mÃo, ya hablaremos de todo esto más tarde y con calma —dijo la condesa.