El Coronel Chabert

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El general tomó todas las precauciones necesarias para la seguridad de sus tropas, proveyó a la defensa de la comarca y rehusó alojar a sus soldados en las casas. Tras mandarles que acamparan, subió al castillo, del que se apoderó militarmente. Los miembros de la familia Leganés y los criados fueron debidamente custodiados, atados de pies y manos y encerrados en la sala donde se había celebrado el baile. Desde las ventanas de esa estancia se podía abarcar fácilmente con la vista la terraza que dominaba la ciudad. El estado mayor se estableció en una galería cercana, donde el general celebró consejo sobre las medidas que habría que adoptar para hacer frente al desembarco. Después de enviar a un ayudante de campo al mariscal Ney y ordenar apostar baterías en la costa, el general y su estado mayor se ocuparon de los prisioneros. Se fusiló de inmediato en la terraza a doscientos españoles que los habitantes habían entregado. Tras esta ejecución militar, el general ordenó levantar en esa misma terraza tantas horcas como personas había en la sala del castillo y mandó llamar al verdugo de la ciudad. Victor Marchand aprovechó el tiempo que quedaba hasta la cena para ir a ver a los prisioneros. No tardó en volver a donde estaba el general.

—Vengo a pedirle varias gracias —le dijo con voz trémula.

—¿Usted? —preguntó el general en un tono de amarga ironía.


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