El Coronel Chabert
El Coronel Chabert —Desdichadamente, son bien tristes las gracias que le pido —respondió Victor—. El marqués, al ver levantar las horcas, ha confiado en que a su familia le cambie usted ese suplicio y le suplica que los nobles sean decapitados.
—Está bien —dijo el general.
—Piden también que se les otorguen los auxilios de la religión y se los desate; prometen no intentar escapar.
—Concedido —dijo el general—, pero responde usted de ello.
—El anciano le ofrece asimismo toda su fortuna si perdona a su joven hijo.
—¡No me diga! —contestó el jefe—. Sus bienes ya le pertenecen al rey José.
Se detuvo. Un pensamiento de desprecio arrugó su frente, y añadió:
—Voy a satisfacer con creces su deseo. Adivino la importancia de este último ruego. Pues bien, que compre la eternidad de su nombre, pero ¡que España recuerde por siempre su traición y su suplicio! Dejo su fortuna y la vida a aquel de sus hijos que haga las veces de verdugo. Váyase y no me vuelva a hablar del asunto.